Otras Noticias Divinas de estos Príncipes
 
12. El primero que dio noticia al mundo de estos siete Grandes del Cielo, y Validos de Dios, fue San Rafael, que los tenía bien conocidos. En el Libro de Tobías (Tob. Cap. 12) se cuenta  que después de haber acompañado este benignísimo Arcángel al joven Tobías en un largo viaje, en el cual le libró de grandes peligros, lo enriqueció con grandes virtudes, le dio esposa noble, conforme a su calidad, y con ella muchos bienes temporales; habiendo vuelto ya a la casa del anciano Tobías padre del joven,  restituyole la vista e sus ojos, y tratando de partirse de ellos para el Cielo, de donde había venido para favorecerlos, los exhortó a bendecir y alabar a Dios por sus maravillas y misericordias, y dándoseles a conocer, descubrió el sacramento que encerraba en su pecho, diciendo: “Yo soy Rafael Ángel, uno de los siete, que asistimos delante de la Divina Majestad”. Y según la Versión Hebrea: “Yo soy de los Príncipes, que servimos delante del Solio de la Gloria”. Y deponiendo el disfraz hermoso de mancebo gallardo, en que se les había mostrado, desapareció de su vista, dejando aquella casa de justos llena de bendiciones, de admiración, y de inefable gozo. Quiso decir este sublime Espíritu: “Yo soy uno de los siete Grandes del Reino del Altísimo; uno de sus primeros Validos, y Príncipes de la sangre, que gozan  de una particular preeminencia asistiendo al Señor de todo. Y no obstante ser mi estado de tan superior Jerarquía, soy Ángel, esto es, enviado a cuidaros como Custodio, a asistiros como amigo, a serviros como siervo, porque teméis a Dios: Que a la virtud tributamos obsequios los mayores Potentados del Cielo”.
 
13. El mayor Panegirista y Devoto de los siete Espíritus grandes, fue San Juan Evangelista. Oídle ya, desde el principio al fin de su Apocalipsis, hablar de ellos como un río de elocuencia, con tan singulares expresiones de su grandeza y poder, que parece que todos los favores y confianzas de Dios le hicieron para estos Príncipes soberanos.
 
14. En el Capítulo primero comienza pidiendo la gracia, paz, y auxilio Divino para las Iglesias, por medio de ellos, como arcaduces, por los cuales se comunican los mortales los beneficios del Cielo. “Juan (dice el Águila del Sol Divino) a las siete Iglesias que están en Asia: La gracia sea con vosotros, y la paz dimanada de aquel que es, era y ha de venir, y de los siete Espíritus, que están delante de su Trono”. Este es un ejemplo admirable a nuestra imitación. Juan, que penetró con su vista hasta el seno del Padre, y registró de su Verbo las más escondidas luces, implora la piedad Divina poniendo por medianeros a los siete Príncipes asistentes a su Trono. Notad su poder, su grandeza, su dignidad, y cuántos bienes pierde en ellos nuestro olvido.
 
15. En El Capítulo tercero habla otra vez el mismo Evangelista en boca de Cristo de estos notables Ángeles, escribiendo al Obispo de Sardis. Atendamos a la voz del Verbo Eterno: “Esto dice el Señor, que tiene en su mano los siete Espíritus de Dios, y siete Estrellas”. Grande argumento de la excelencia y poder de los siete Ángeles, hacer alarde Cristo de tenerlos en su mano  ¡como si su sumo poder estuviera refundida toda la virtud de su Omnipotencia!.
 
16. En el Capítulo cuarto vuelve a hacer mención de ellos. Describe el Solio de la Divina Majestad lleno de gloria, soberanía y respeto; y al punto añade: “Y del Trono salían rayos, voces, y truenos, y siete lámparas ardientes delante del Trono, que son los siete Espíritus de Dios”. Estos rayos, estas voces, y estos truenos, han de despertar nuestra devoción. Estas lámparas han de alumbrar a nuestros corazones, como las luces del día más despejado, y sereno horizonte. Estos Espíritus han de llevar el nuestro al Solio de la clemencia de Dios, para vestirlo del manto de la gloria e inmortalidad.
 
17. En el Capítulo octavo prosigue su Panegírico, diciendo: “Fue hecho silencio en el cielo, como media hora, y ví siete Ángeles, que asistían delante de Dios y les fueron dadas siete trompetas”. En los Autores citados se hallará que, en estos singulares Ángeles  reside una maravillosa potestad, por donde Dios se deja conocer, venerar, amar, y temer de las demás criaturas; y como el hablar los hombres de ellos es tan pobre su esfera, y capacidad, calló el cielo al nombrarlos, para enseñar a la tierra su veneración con el silencio.
 
18. En el Capítulo quince, dice: “Ví otra señal maravillosa, y grande en el Cielo, siete Ángeles, que tenían siete plagas, último esfuerzo de la ira de Dios”. Todas las cosas de estos grandes Ángeles son admirables. Su grandeza excede a todo humano pensamiento; y así hablan de ellos los Libros de Dios con respeto y admiración.
 
19. En el Capítulo diez y seis, dice el Santo Evangelista: “Oí una voz grande, que salía del Templo; que decía a lo siete Ángeles: Id, y derramad los siete vasos de la ira de Dios sobre la tierra”. Aun para hablar a estos soberanos Espíritus, es menester voz sublime; ¿qué será para hablar de ellos?. Aquí tendrán sus devotos un nuevo motivo para amarlos, y confiar de su patrocinio. Porque cuando ejecutan los rigores de la Divina Justicia contra la impiedad y Ateísmo, solicitan hacer a sus aficionados del partido de la virtud, para librarlos de estos peligros.
 
20. Últimamente en el Capítulo veintiuno concluye diciendo: “Vino uno de los siete Ángeles, que tenían las siete plagas postreras, y me dijo: Ven, y te mostraré la Esposa del Cordero, y me llevó en espíritu a un monte grande y sublime, y me mostró la ciudad santa de Jerusalén, que bajaba del Cielo vestida de la claridad de Dios”. Uno de los siete muestra la gloria a San Juan para hacerle aun en la tierra Bienaventurado. Dichosa alma con guía tan segura. Uno hace que baje todo el cielo con la posesión de su gloria, para satisfacer el deseo de San Juan, ¿que harán tantos de tan uniformes procederes? ¿Y si uno trae el Cielo a la tierra, por un hombre, tanto no podrán llevar a un hombre de la tierra al Cielo?. ¡Oh, afortunada compañía de los siete más verdaderos amigos de la vida! ¡Oh, luceros brillantes de luces inaccesibles, desterrad de nosotros las tinieblas de las culpas, que nos alejan de la claridad de Dios, y haced que vivamos en la tierra de la suerte que se vive en la celestial Jerusalén. Amén.