1. La mayor recomendación que tiene el afecto, y devoción a los siete Príncipes de la Corte del Cielo, es tener su singular apoyo en los Libros Sagrados, donde sus elogios y excelencias están escritas, como en láminas de oro, y con voces mudas solicitan un amor universal y, una voluntad agradecida, de suerte que solo los corazones más duros que el diamante se negarán a esta obligación, o se harán sordos a dichos clamores.
 
    2. Empecemos ya este argumento por la visión de San Juan al Capítulo quinto de sus Revelaciones. Dice allí de esta manera: “Et vidi, & ecce in medio Throni, & quatuor animalium, & in medio seniorum Agnus stantem tamquan occisum habentem cornua septem, & oculos septem, qui fun. Septem, Spiritus Dei”. Vi en medio  del Trono, y de los cuatro animales, y en medio de los ancianos al Cordero, que estaba en pie como muerto, y tenía siete hastas, y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados por toda la tierra.
 
    3. En esta Visión nos propone el Cielo una hermosa pintura de la bondad de dios, y un jeroglífico de la amorosa providencia, con que nos gobierna, capaz de arrebatar todas nuestras atenciones y encender todas nuestras voluntades. Un Dios en forma de mansísimo Cordero muerto de amor del hombre; un Trono compuesto con los adornos más preciosos del Empíreo; siete Ojos brillando de divino resplandor en el rostro del Cordero, como están en el Firmamento los mayores astros; siete astas, o armas, , blasones de su poder, y freno de la impiedad; un Senado nobilísimo, que en seña el amor de Dios, y de sus Ojos con un profundo respeto y unos Santos Animales, todos humildad y rendimiento a las Leyes Divinas.
 
    4. Y si queréis, ó almas generosas, ver vestida de luz esta niebla de gloria, atended a la declaración de los sagrados Intérpretes. Todos entienden por el Cordero a Cristo Redentor de nuestro linaje, por quien suspiraron los siglos, y en cuya voz habló el Evangélico Profeta Isaías (Isaias Cap. 16, v.1), cuando dijo: “Emitte agnus Domine dominatorem terra, de petra deserti”. Enviad, Señor, de la piedra del desierto al Cordero dominador de la tierra. Por el Trono entienden a María Santísima. Por todos San Bernardo (S. Bernar. Tom. 2. Ser. 2. De Virg.): “Ipsa est enim Thronusille, ex quo fulgura, tenitrua, & voces procedebant”. Ella es aquel Trono del cual procedían rayos, truenos y voces, por los cuatro Santos Animales, a los Sagrados Evangelistas. Los Ancianos, que eran veinticuatro, significaban, según Ricardo, Beda, Ruperto, y Viegas, a quien sigue, Pereiro, veinticuatro Santísimos Héroes del Viejo y el Nuevo Testamento. Las siete hastas, y los siete Ojos, quienes fuesen, el mismo San Juan lo explicó diciendo: “Qui sunt septem spiritus Dei missin onnem terram”. Son los siete Espíritus de Dios enviados por todo el mundo.
 
    5. No obstante la luz de este Sol, y la vista de este Águila, se deslumbraron algunos ingenios en la inteligencia de este lugar. No todos los ojos son para todas las luces, ni siempre la agudeza de los humanos entendimientos descubre más en las cosas Divinas, pues es verdad eterna que éstas se ocultaron a los sabios y prudentes de este mundo, y se revelaron a los pequeños y humildes (Matth.II.): “Abscondisti hac a sapientibus, & prudentibus, & revelasti ea parvulis” . Los más acreditados Escriturianos de nuestro siglo, con los Santos Irineo, Epifanio, y Clemente Alexandrino, entienden por estos ojos, y armas del Cordero a siete Ángeles de primera grandeza, Presidentes del mundo, Protectores de la Iglesia, y primeros Ministros de la Divina Providencia. De esta opinión son uniformemente Rivera, Pereyra, Cornelio, Serario, Menochio, Tirino, Viegas, Sánchez, Escobar, Bonafe, Ferrario, Silveyra, y Haye.
 
    6.  Es menester confesar con los mismos Interpretes, que, en este lugar del Apocalipsis de San Juan, se ratificó el Espíritu Divino en el nombre, que mucho antes había dado a estos grandes Espíritus por el Profeta Zacarías (Zacarias, Cap. 3), por quien os llamó también ojos,  cuando se los mostró sobre la misteriosa piedra con siete ojos, símbolo de Cristo: “Super lapidem unum septem oculi sunt”. Y para que no quedase duda alguna en la interpretación, el mismo Espíritu declaró quiénes eran estos ojos, diciendo: “Septem istioculi sunt Domini, qui discurrunt in universam terram”. Estos siete son los ojos del Señor, que discurren por toda la tierra. Gran privilegio de los Misioneros, que a más de ser Ángeles, por enviados, son entre los Ángeles los ojos del Señor.
 
    7. Si alguno preguntare ¿por qué Cristo se dejó ver de Zacarías en figura, y símbolo de piedra asistida de estos siete insignes Ángeles, y a San Juan se le mostró en forma de Cordero?. Se le responde que, en la Ley escrita, y en tiempo de Zacarías, era necesaria la dureza de la piedra y el rigor para el gobierno de su Pueblo; y aquellos ojos, aunque eran rayos de luz para enseñarlos, eran también rayos de fuego para corregir con severidad su perfidia y continuas idolatrías. Pero en la Ley de Gracia manifestada a San Juan, quiso Cristo acreditar su mansedumbre y clemencia, y mostrar la imagen de ella, y no solo en la forma de un cordero pacientísimo, y como muerto, sino en la de siete ojos benignísimos, como estrellas de su beneficencia, para atraer a los hombres a su afición, y herir sus corazones con estos ojos, como con saetas amorosas. Por la misma razón,  cuando vio San Juan a Cristo en figura de León (Ap. 5): “Ecce vicit Leo de tribu Iuda”. No llevaba estos siete ojos: porque allí mostró el imperio que tenía sobre las Monarquías; aquí sobre los corazones.
 
    8. Últimamente, si alguno desea saber por qué manifestó el Divino Espíritu estos grandes Ángeles, a Zacarías y a San Juan, en semejanza de ojos del Señor, hay de ello diversas razones. La primera, porque quiso que conocieran los hombres la hermosura de estos siete Espíritus, para que amasen a Dios en ella. Los ojos son los que más resplandecen en el cuerpo humano, y los que tiran más al amor; son como en el Cielo los grandes astros, que llevan más la admiración, según San Ambrosio: “Oculi quasi quadam in carne sydera sun.”
 
    9. La segunda razón, para que por estos ojos veamos las luces de la Divinidad, y el gozo que tiene Dios en la conversión de los pecadores. Notó Tertuliano sobre las palabras de San Lucas (Luc. Cap. 15, v.10): “Gaudium erit in Coelo coram Angelis Dei”. Que no dijo Cristo que la fiesta y alegría por la conversión del pecador la hacían los Ángeles: “Coram Angelis”. Porque, aunque el regocijo es muy particular de Dios, como Padre de tantos hijos Pródigos que tiene en este mundo; más este gozo se ve en los Ángeles, que le asisten, como en espejos tersos, donde se mira la especie de su inefable fondad.
 
    10. La tercera razón. Porque son los primeros Ángeles en la Iglesia triunfante, y en la militante, en la cual unos hacen oficios de manos, otros de orejas, otros de lenguas; pero estos grandes Ministros de Dios hacen oficio de ojos. A esto alude unas palabras de San Basilio sobre aquel lugar (Basilio Psalm 33, v.16):“Oculi Domini super iustos, & aures eius in preces eorum”. Los ojos del Señor sobre los Justos, y sus oídos en sus ruegos. Dice el Santo: “Los Santos son cuerpos de Cristo, y miembros de sus miembros, y puso Dios en la Iglesia a unos como ojos, otros como lenguas, algunos como orejas. Así las Santas espirituales Virtudes, que están en la Celestial Corte, algunas se dicen Ojos, porque tomaron el cuidado de mirar por nosotros, y les fue encomendada la tutela y amparo de todo nuestro linaje”.
 
    11. ¡Oh Gran Dios, Óptimo, Máximo, cuanta es la ceguedad de nuestra humana condición! ¿Cuánto ha, que estos Astros de primera magnitud pueblan tu Empíreo? ¿Cuánto ha, que tus Santas Escrituras publican tus excelencias?. Y con todo eso nuestros ojos están tan cubiertos de tinieblas que no acabamos de amarlos, porque no merecemos conocerlos. Si nuestra fe tuviera ojos, ya la hubiera ilustrado tan grande luz. No es digna una fe dormida de poseer un amor, que tiene su habitación sobre las estrellas. ¡Oh quiera tu Bondad, que venga a nosotros esta luz, y este amor, que nos avecine al Trono de tu Divinidad!
 
 
    
 
 
Fundamento de este Tratado en la Visión de San Juan Evangelista en el Cap. 5 de sus Revelaciones