Título tercero
“Lámparas delante del Trono de Dios”
98. Este título pone a los siete Príncipes delante del Solio de la Divinidad. Para escribir  el era necesario hacer tinta del sol, pluma de sus rayos, y formar caracteres de estrellas en láminas del cielo. ¿A qué más puede subir la ponderación de su grandeza, que la coloca como Ojos en el rostro de Dios, y ahora cara a cara con el mismo, como Lámparas que alumbran?.
 
<< Oh inmarescible hermosura (dice San Bernardo describiendo este Trono) del Dios excelso, y purísima claridad de la luz eterna, que con su vida vivifica toda vida, luz que ilumina toda luz, y la conserva en eterno resplandor. Millares de millares son las luces que resplandecen delante del Trono de tu Divinidad desde el principio de los siglos, porque verdaderamente nuestro Dios es fuego que consume, como con palabras de Moisés, dice el Apostol; porque el mismo es ígnea, y ardentísima caridad, de que hablan los Catares cuando dicen: “Fortis est ut mors dilostio, dura sicut infernus amulatio: Lampades eius lampades ignis atque flammarum.” >>
 
99. Veis aquí unas centellas e índices del fuego increado, que es la misma Divinidad, por cuya razón la Iglesia lleva y pone luces delante del la Sacrosanta Eucaristía, venerando a Dios en este gran misterio. Todos los Ángeles del cielo son estrellas o fuegos animados (nombre que les dio la antigua Filosofía) y entre millares de millares de estas sagradas y ardentísimas luces, que brillan delante del trono del Dios excelso, son siete maravillas de la gracia y de la gloria, las siete Lámparas, que le sirven de adorno singular por el exceso de su resplandor, de quienes, por la unión con la Divinidad, se puede entender lo que cantó el Poeta: “Vos aeterni ignes, & non violabile Numen Testor.”.
 
100. Este luminoso aparato del trono Divino quisieron imitar a su modo algunos Príncipes del mundo. De los Reyes de Persia, Etiopía, Caldea y Asiria, se refiere que tenían por costumbre el llevar delante lámparas, o hachas encendidas para mostrar su Real magnificencia. Lo mismo cuenta Suetonio, Herodiano, y Baronio de Julio Cesar, Marciano, Heliogabalo, Gordiano, y Constantino Magno. Este era común estilo de los Emperadores Griegos y Romanos, a quienes escudaba el fuego como símbolo de la Majestad, sabiduría y providencia, propias de los Monarcas. Son los Reyes los dioses de la tierra, su grandeza un pequeño rasgo y sombra de la grandeza y Majestad de Dios. Mas,  ¿qué son las humanas luces a vista de aquel abismo infinito de resplandores?.
 
101. Pero volvamos al Trono de esta gran Majestad alumbrado de nuestras siete lámparas flamantes. Tubo Dios tanto cuidado de darlas a conocer que se hallan dos hermosos símbolos de ellas en el viejo Testamento. En el Éxodo mandó Dios a Moisés que frabricase un candelero de oro purísimo y siete antorchas, que pusiese sobre el : “Facies, & lucernas septem, & pones eas super candelabrum, us luceant ex adverso”. Y le advirtió que atendiese bien al original, que se la había mostrado en el monte: “Inspice, & fac secundum ejemplar, quod tibi in monte monstratum est”. Al Profeta Zacarías le fue mostrado otro candelero de oro con siete bellísimas lumbreras, y siete infusorios, o vasos, donde estaba el oleo para cebar las luces, y sobre el candelero una lámpara que le servía de corona o capitel: “Et vidi, & ecce candelabrum aureum totum, & lampas eius super caput ipsis, & septem lucerna eius super illud, & septem infusoria lucernas, que erant super caput eius.”. Esta lámpara, y aquellas antorchas, lucían aun mismo tiempo sin impedirle las unas a las otras, y sin que la superior embargase el lucimiento de las inferiores.
 
102. Concuerdan los Expositores, en que el uno y otro candelero  fue figura de la Iglesia Militante y Triunfante, a la cual presiden los siete Príncipes Ángeles figurados en las siete antorchas. La lámpara superior a todas las luces es símbolo de la Divinidad, que está adorada en esta Iglesia, como  un Sol grande en su cenit. Arias Montano interpreta aquellos siete infusorios, o vasos, por los celestiales Espíritus, diputados para administrar los beneficios Divinos a la Iglesia. De donde se concluyen dos cosas. La una, cuanta sea la excelencia de estos admirables Ángeles, que siendo de singular adorno al Solio de la Divinidad, no sólo no impide esta su lucimiento, sino hace que el resplandor de sus luces sobresalga al de las demás luces Angélicas. La otra, cuanta sea su beneficencia a los hombres, pues no solamente son lámparas que lucen, sino también vasos de oro llenísimos de dones y gracias para refundirlas en las almas de los fieles, como en antorchas, en que luce la Fe del Cristianismo. Son los divinos favores del óleo de estos preciosos vasos, porque nacen de la misericordia de Dios significada en el óleo.
 
103. No se contentó Dios con que insigne resplandor de estos siete Validos suyos quedase como entre nieblas en aquellas sombras del viejo Testamento, sino que quiso que en el Nuevo se declarase más quiénes eran las verdaderas luces de aquellas sombras. Y así, habiendo mostrado a San Juan la majestad y magnificencia de su Trono con siete lámparas ardientes (Apoc. r. V.5): “Et septem lampades ardentes ante Tronum”; declaró expresamente quiénes eran: “Qui sunt septem spiritus Dei”. Son los siete Espíritus de Dios por excelencia, los siete Príncipes de su gabinete. Delante del Sol, que da vida luciente al mundo, los mayores astros se dejan vencer y sepultar de este gran planeta, que los esconde debajo del manto de su luz. Los más insignes Santos delante de Dios parecen como estrellas entre nieblas de gloria, pero estos siete Espíritus nobilísimos son como siete lámparas ardientes delante de su Trono, o como siete hachas de fuego ardiente: “Septem facesignis ardentis”, según la Versión del Victorino. ¡Oh, qué gloria la de estos príncipes excelsos! Pues cuando la lumbre más eminente es breve centella que apenas puede respirar en preferencia de aquella fuente de eternos resplandores; ¡ellos son como lámparas ardientes, y hachas encendidas!.
 
104.Veamos ya de boca de doctos Escriturarios por qué gozan de título tan sublime. Menoqui dice ( Menoch. in Apoc. cap. 4 v.5): “Con razón estos Espíritus son llamados lámparas, porque en sí lucen con el conocimiento de Dios, y arden con su amor; y porque iluminan y encienden a los hombres con el conocimiento y amor de Dios”.
 
105. Viegas pregunta, por qué con fe comparan estos soberanos Espíritus a las lámparas que arden delante del Trono de Dios. Y responde que la razón es porque estos siete Espíritus Angélicos, por medio de inferiores Ángeles, y a veces por sí mismos, alumbran como esplendidísimas y refulgentes lámparas a los fieles que viven en la oscuridad de la fe, y en las tinieblas de esta vida; y por la misma causa son llamados en Job, astros de la mañana a aquellas palabras (Job. Cap. 38): “Ubi eras, cum melaudarent simul astra matutina”. En  que los SS.PP. Jerónimo y Gratofrio entienden a los Ángeles.
 
106. Pereiro sobre las palabras: “Et septem sampades ardentes ante Thronum”, dice (Per. In Ap. Ap.4. disk.14.): “Dignamente dijo San Juan de estos siete Espíritus que eran como siete lámparas ardientes en la presencia de Dios, porque con una singular y eximia razón y conocimiento de los consejos, y secretos de Dios, resplandecen ellos, y juntamente arden con el amor de ejecutar los mandatos de Dios y perfeccionar con eficacia los ministerios que Dios les ha impuesto. A los cuales cuadra admirablemente lo que David dijo hablando con Dios: Tú, que haces a los Espíritus embajadores tuyos, y a tus ministros fuego abrasador – Qui facis Angelos tuos Spiritus, & ministros tuos ignem urentem” . De esta manera hablan otros muchos sabios Expositores de las Divinas letras.
 
107. Queda declarado quiénes sean estas majestuosas Lámparas, y por qué el sagrado Oráculo les dio tan magnífico renombre. Vemos ya que representan, por lo que miran al Trono de la Divinidad, y como iluminan a la naturaleza racional. Por lo que miran a Dios, ponen en nuestra consideración la suma, y sobre excelsa grandeza de este Señor, cuyo título es Rey de Reyes, y Señor de los Señores, y el respeto y veneración debida a un Trono tan soberano a quien ministran Ángeles preclarísimos, adornados de suma inteligencia, que todo lo examinan, todo lo descubren y manifiestan con las brillantes luces de sus lámparas, de suerte que no haya cosa en el Cielo, en la tierra, y en el infierno, que no esté patente a los ojos de la Divinidad. ¡Qué gobierno tan sublime! ¡Qué decretos tan bien mirados! ¡Qué providencias tan prontas! ¡Qué eficacia en la ejecución!.
 
108.  Estas grandes luces que sacan del ser Divino, se emplean en bien de nuestro linaje, alumbrando a nuestra naturaleza racional, la cual sin los dones del cielo es como una fiera en medio de un bosque muy sombrío e impenetrable a los rayos del Sol. Veamos como ejercitan ese empleo. Primasio, Beda, Haymon, Ruperto, Joaquín Abad, y los Santos Doctores Ambrosio y Tomás entendieron por las siete lámparas del Trono, y siete ojos del Cordero, los siete dones del Espíritu Santo, porque estos, como dice el Angélico Doctor “animam oculatam, videntem, & iluminatam reddunt”, hacen que el lama tenga ojos, vea y sea alumbrada.
 
109. Esta exposición (que es puramente mística, y no literal, como notó bien Pedro Galatino) nos abre camino a la creencia y persuasión piadosa de que estos admirables Ángeles, sobre la universal superintendencia que tienen en el mundo, y Católica Iglesia, como sus Protectores, la tienen especial para repartir estos dones divinos, en lo cual me confirma lo que dijo San Alberto Magno citado, que  eran siete estos Ministros de Dios, porque enseñaban y predicaban los siete dones del Espíritu Santo. La razón es porque a estos grandes Espíritus nos lo propone la Escritura singularmente vestidos del traje, con que el divino Espíritu bajó en lenguas de fuego sobre los Apóstoles y creyentes, diciendo ser las siete lámparas de su Trono, y de quien participan sus luces, sus resplandores, su amor, su benevolencia. También los pinta como ojos de Cristo, de quien se dice que sus ojos eran como la llama de fuego (Apoc. I. v. 14): “Et oculis eius tanquam flammaignis”. Y el mismo Señor dijo, que vino a la tierra a traer fuego, y hacer que prendiese en ella: “Ignem veni mitterein terram, & quid volo nisi ut accendatur”.  Pues que es esto sino darnos a conocer a estos Ángeles como especiales Ministros de este Divino fuego, y arcaduces de sus dones, que estando en sí encendidos en caridad como Lámparas ardientes, y Ojos de Cristo, comunican a los hombres las centellas y luces de este fuego en las obras del incomprensible amor del Padre de las lumbres, que es el Divino Espíritu.
 
110. No se puede omitir la elegante pluma de Ferrario, que escribió estas bellas cláusulas (Fer in comens. ad 4. Apoc): “En cuanto estas Lámparas manifiestan la divina iluminación, convienen tanto a los siete dichos ángeles, cuanto a los siete dones del Espíritu Santo. Porque Dios luce en los corazones de los fieles por siete dones de su Espíritu, los cuales principalmente por la caridad, con que andan unidos, excitan también el ardor del divino amor. También luce Dios por los Ángeles que, como Ministros de su Espíritu, iluminan y promueven dichos dones. Por este medio comunica su sabiduría, perfecciona el entendimiento, sugiere consejos, da ciencia y fortaleza, enciende a la piedad, y llena los corazones, a él sujetos de su temor”.
 
111. Concluyo este capítulo con una pregunta con admiración que hizo el profeta Isaías, quien hablando de los Nuncios de Dios, dijo (Isaías ca. 60. v.1): “¿Quiénes son estos, que vuelan como nubes, y como palomas a sus ventanas?”. Ángeles, que vuelan como palomas, son estos Ministros del Espíritu Santo Paloma Divina, que los predijo como hijos de su sagrado fuego, en cuyo lugar, con ardentísimo amor, reparten al mundo sus dones, andando por toda la tierra, como nubes, que llevan en sus alas este fecundo rocío para vida de las naciones. La bondad magnífica de estos abrasados Espíritus nos convida a que les pidamos estos sumos dones como a medianeros, y arcaduces del Candor de ellos: “Veni dator munerum.” Pequeñas centellas de este fuego bastan a desterrar el hielo de nuestros corazones, y enriquecernos de bienes y misericordias.
 
112. A San Miguel toca dar la sabiduría, y a nosotros el pedirle, nos llena de noticias de Dios, de sus atributos y grandezas, y que sea en nosotros la fe de los misterios como un astro sobre nuestras cabezas. San Gabriel da el entendimiento, y con él llena de luz al hombre, para conocer los secretos de Dios revelados a los Profetas, y escritos en sus libros como en láminas de bronce. San Rafael da el buen consejo a quien se lo pide, y con él, celestial doctrina, para gobernar las pasiones del ánimo, y para llegar al Cielo por camino breve. A San Uriel pertenece la constancia y fortaleza en la virtud, a ésta la sirve de alma el amor al Autor de la vida, y con él hace Seráficas este encendido Arcángel las obras de los justos hasta coronarlas con la perseverancia.
 
113. San Sealtiel reparte de oficio al hombre ciencia y conocimiento de sus ofensas al Creador, y con él, un noble arrepentimiento de las pasadas ingratitudes, y estima singular de las cosas del Cielo. A San Jeudiel se ha de pedir el don de piedad, que es una joya preciosa, que distingue la Religión del Ateísmo, y crie una confianza amorosa, para acudir a Dios como al centro de los buenos deseos. San Barachiel, con la bendición, da el temor de Dios, que es la áncora que asegura al hombre en el estado de dichoso, y produce una fortuna bien aventurada, aun en una vida miserable.
 
Oh, Espíritus excelentísimos, Tesoreros de los divinos dones, y arcaduces de las riquezas del Cielo, adornad nuestras almas con joyas tan resplandecientes y preciosas, para que con el atavío de estos dotes, merezcan los grados del que las redimió con su sangre, y sean admitidas a los desposorios eternos en el templo de la gloria. Amén.
 
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ORACIÓN A LOS SIETE PRÍNCIPES DEL CIELO
 
 
San Miguel, concédenos la sabiduría y llénanos de noticias de Dios, de sus atributos y grandezas, y que sea en nosotros la fe de los misterios como un astro sobre nuestras cabezas.
 
San Gabriel, concédenos el entendimiento, y con él llénanos de luz, para conocer los secretos de Dios revelados a los Profetas, y escritos en sus libros como en láminas de bronce.
 
San Rafael, concédenos el buen consejo en todas nuestras obras, y la celestial doctrina, para gobernar las pasiones del ánimo, y para llegar al Cielo por camino breve.
 
San Uriel, concédenos constancia y fortaleza en la virtud, para que a través de ésta sirva de alma el amor al Autor de la vida, y con él, a través tuya, hagamos seráficas nuestras obras hasta coronarlas con la perseverancia.
 
San Sealtiel,  concédenos la ciencia y el conocimiento de nuestras ofensas al Creador, y un noble arrepentimiento de las pasadas ingratitudes; y concédenos una estima singular de las cosas del Cielo.
 
San Jeudiel, concédenos el don de la piedad, como joya preciosa, que distingue la Religión del Ateísmo, y crea una confianza amorosa en nosotros, para acudir a Dios como al centro de los buenos deseos.
 
San Barachiel, concédenos tu bendición y el temor de Dios, como áncora que nos asegure en estado de dichosos y nos produzca una fortuna bienaventurada.
 
Oh, Espíritus excelentísimos, Tesoreros de los divinos dones, y arcaduces de las riquezas del Cielo, adornad nuestras almas con joyas tan resplandecientes y preciosas, para que con el atavío de estos dotes, merezcan los grados del que las redimió con su sangre, y seamos admitidos a los desposorios eternos en el templo de la gloria. Amén.