Segundo título
“Astas o armas del Cordero”
79. San Juan llamó a estos siete ilustrísimos Espíritus, siete astas, o Armas del Cordero, según vimos ya (Apoc. 5 v.6.). Y para inteligencia de este título, es menester confeccionar con los sagrados Interpretes, que en esta Visión fueron revelados al Santo Evangelista dos oficios que tiene el Vervo encarnado en el Cielo. El uno de Abogado de los hombres con el Padre Omnipotente; y el otro de Rey supremo del Universo, a quien fue dada toda potestad, como explicó el mismo Señor a sus Discípulos: “Data est mihi omnispotestas in Caelo, & in terra”. Por ser Abogado de los hombres le vio San Juan en pie en medio del Trono, entre Dios, que estaba sentado en el, y entre los Santos cuatro Animales, y veinticuatro Ancianos, que representaban a la Iglesia Católica. Y así dijo San Agustín que Cristo está en pie delante del Trono de Dios, como Abogado nuestro, intercediendo por nosotros (S. Aug. In quest. Novi Test. Quast. 88): “Christus stat coram Throno Dei quasi advocatus noster pro nobis interpellans”. Por ser Rey del Cielo y tierra, y en señal de su general potestad y dominio, tenía siete astas, o Armas, en forma de corona, y con ellas fijos siete Ojos resplandecientes que  fue mostrado a San Juan, ser siete Espíritus de Dios enviados por todo el mundo “Qui sunt septem Spiritus Dei missi in omnem terram”. Las Armas eran insignia de su poder; los Ojos, de su sabiduría, circunspección, y vigilancia.
 
80. El erudito Ferrario dijo (Ferrario in Apoc. hic): “Que porque Cristo tiene personas (por cuyo medio administra esta su potestad, y providencia) conviene a saber siete Espíritus, esto es Arcángeles; por eso estos mismos están también significados en las siete astas, y Ojos. Porque hacen en cierto modo un mismo cuerpo con Cristo, como es un mismo principio operativo, el instrumento con el artífice.”. Menochio, Tirino, y Silveira dicen que estos grandes Ministros de Cristo tienen título de astas, o Armas del Cordero: “Porque son fortísimos para espantar y vencer a los demonios enemigos de los hombres; para amparar a la Iglesia, y al género humano de las injurias de sus enemigos,  debelar y arruinar a los impíos.”.
 
81. Ahora ponderad, almas generosas, el poder de estos Arcángeles puesto en la cabeza de Dios como en centro de su esfuerzo, valentía, y autoridad. Estas Armas nacen como de su principio e una invencible Omnipotencia, y con ellas venga el Cordero sus agravios, hace guerra a la impiedad, y trata al gentilismo como a las pajas un desecho huracán de viento. Por eso ha sido tan formidable su nombre a todas las almas impuras, que se han hecho del bando del Ateísmo, como es amable a los espíritus generosos, que viven debajo de las banderas de la virtud y religión. Persiguen a los demonios, y a sus secuaces como a enemigos del Cristianismo, y aman la memoria de los virtuosos, que llevan en palmas, como en una nube de gloria.
 
82. De estos primeros Ministros suyos se vale Dios frecuentemente para ostensión de su Majestad, como de siete rayos de su ira, que introducen en los impíos y rebeldes a las leyes divinas el hielo y los temblores, y al mismo tiempo cuidan con empeño de extender el culto de esta gran Majestad, haciendo florezca entre los hombres la piedad y religión. Oíganse unas palabras de aquel singular varón Miguel Sencillo (Mig. Sencillo orat. De Ang.), que tocó bien esta materia en alabanza de los Príncipes de los Ángeles. “Estos, dijo, son los amigos del Rey de todas las criaturas, en cuyo aspecto y eterna grandeza se traduce una especie de dominio y autoridad, que los hace vecinos al Ser Divino. Su oficio es el que muestran en sus insignias, en que se vé resplandecer una virtud admirable para consumir el vicio, y purificar la humana naturaleza”.
 
83. Y si es verdad, como contempla San Basilio, que un Ángel solo del primer Coro, es de tanto poder, fuerza y bríos, que pudiera triunfar del ejército formado de todos los hombres desde el principio de los siglos hasta el fin, ¿cuando será el que puso el Señor de los ejércitos en estos siete Capitanes generales suyos, de quienes hace alarde su Omnipotencia?. En prueba de esto he de referir trasladando a la letra el epítome de sus proezas, que refieren San Juan en su Apocalipsis, donde vió en traje de siete jóvenes bizarrísimos en cuyas manos se pusieron siete trompetas, que han de resonar en los últimos tiempos, cuando amenace al mundo su ruina, y a la impiedad su castigo. Servirán entonces estos Ministros de la clemencia de Dios de ejecutores de su Justicia, que derribarán el reino de la iniquidad, como las trompetas de Josué, en manos de los Sacerdotes, los muros de Jericó (Josué cap. 4 vers. 4.)
 
84. San Juan refiere que se dispusieron para tocar las trompetas porque un grande empeño de la Justicia Divina pedía esta prevención. Tocó el primero la suya, y luego, al punto, cayó sobre el orbe de la tierra un granizo espantoso que causaba más horrores, que arrojaba piedras la tempestad. Acompañaba a esta formidable lluvia un fuego cruel mezclado con sangre. La tierra gimió con el peso de esta calamidad, y su tercera parte, con la de los árboles, quedó sepultada en sus ruinas, y todo el mundo salpicado con las cenizas del heno verde.
 
85. Tocó el segundo Ángel su trompeta, y luego se desencajó de su sitio un monte grande de fuego ardiente, y arrojado de un superior impulso al mar, se tiñó en sangre su tercera parte con asombro de los abismos. Tocó el tercer Ángel su bélico clarín, y al instante se desgajó del Cielo una estrella muy corpulenta encendida como un hacha grande, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y de las fuentes, con confusión universal. El cuarto también hizo resonar su temeroso clarín, y tembló el sol, luna, y estrellas, perdiendo la tercera parte de su luz; de suerte que el día, y la noche, padecieron una estupenda mudanza capaz ad poner espanto a las almas más insensibles.
 
86. El quinto hizo lo mismo, y al eco de aquel horrible sonido se desprendió una estrella del Cielo, y cayó sobre la tierra. Diéronle luego la llave del pozo del abismo, y abriendo sus puertas de diamante, subió de su profundidad una confusión de humo tan grande que cubrió de tinieblas al sol, y vistió de luto el aire. Después salieron de aquel humo langostas de extrañas figuras, y todas espantosas, la multitud sin cuenta, y todas con poder para herir a los hombres con lenguas de escorpiones.
 
87. El sexto Ángel tocó su trompeta, y al punto salió una voz de los cuatro ángulos del altar de oro, que esta delante de los ojos de Dios, y mandó a este poderoso Espíritu, que desatase cuatro ángeles rebeldes, que estaban aprisionados en el gran río Eúfrates, y luego que fueron desatados estos perversos espíritus, se armaron de furor, y saña, y mataron en un mismo año, mes, día, y hora, a la tercera parte de los hombres.
 
88. El séptimo Ángel no tocó entonces, en significación de que la voz de su trompeta ha de hacer eco más formidable en toda la redondez de la tierra. Al aliento de su ruido despertarán los hombres asombrados, como de un profundo letargo, y llenos de pavor verán las espantosas señales que han de preceder al último de los días, en que se descubrirá el grandioso misterio, que ha estado oculto por tantos siglos en el archivo de la sabiduría del Omnipotente. La última respiración del mundo será la postrera voz de esta temerosa trompeta. Hasta aquí la relación de San Juan.
 
89. Paréceme, que oigo algunas almas pusilánimes que me dicen que pintara estos Príncipes del Cielo, vestidos de rigor y saña, como Ministros de la divina Justicia, más es solicitar que los temamos, que no que los amemos y nos valgamos de su patrocinio, porque ocupados los corazones del miedo y pavor, por lo que ejecutan, no queda lugar para el cariño de nuestros afectos. Pero es preciso confesar con la razón, que no son menos amables por los rigores que ejecuta, que por los beneficios con que han enriquecido al mundo en sus siete edades, cuya larga y abundante beneficencia les dio el renombre de Ministros de la clemencia de Dios, Ni es ajeno de la amabilidad de su condición el perseguir la impiedad en aquellos infelices días en que reinará con mayor insolencia la iniquidad patrocinada por el Anticristo y sus secuaces, contra cuyo monstruoso imperio opone el Cielo a su mansísimo Cordero armado con siete brillantes astas:  “Habentem corna septem”. En significación, que la malicia suma de los hombres obliga, a que pelee con ella, la misma mansedumbre y piedad de Dios.
 
90. Para que esto se entienda con más fundamento, atiéndase a una reflexión sobre el lugar citado del capítulo quinto del Apocalipsis. Es de considerar que este lugar hace alusión a otros dos de las Divinas letras, que hablan del Reino de Cristo. El uno es del Deuteronomio, en que se dice que este Señor (Deutoeron. Cap. 33. v.17): “Cornua rhinocerotis cornua illius, in ipsis ventilabit gentes”. Es decir, sus armas serán como las del rinoceronte, y con ellas aventará o disipará las gentes. El otro es el Profeta Abacuc, que dice (Abacuc cap.3 v.4.): “Cornua in manibus eius: Ibi abscondita est fortitudo eius”. Las astas, o armas, están en sus manos, y allí está escondida su fortaleza.
 
91. La  alegoría explicó San Juan diciendo significaba los siete Espíritus de Dios, Ministros suyos enviados por todo el mundo (Apoc. 5): “Qui sunt septem Spiritus Dei missi in omnem terram”. El misterio interpretó Tertuliano, y San Jerónimo, dando el sentido místico a ambos textos, y es significarle en aquellas astas o armas, los brazos de la Cruz, e que Cristo murió, por cuya virtud le dio su Padre el Reino de todo lo creado. Y así lo vio San Juan en medio del Trono acompañado de estas armas en forma de Cordero como muerto, por no negarse a las glorias de Redentor en medio de los triunfos de la inmortalidad: “Agnus statem tanquam occisum”. Uno y otro sentido alegórico y místico unió Alapide citando a Tertuliano, y diciendo (Alap. Hic. D.), que se entendían las astas de los brazos de la Cruz de Cristo en que fue muerto y por cuya virtud mereció la asistencia de estos siete ángeles simbolizados también en las mismas astas: “Quod de cornibus Crucis Christi, (son sus palabras) qua occisus est, & meruit haec Angelorum cornua mystice explicans Tertulianus lib. Contra Idaeos”.
 
92. Ahora pues oigamos a Tertuliano, que dice que el compararse los brazos de la Crus de Cristo a las astas del Rinoceronte, fue “porque por virtud de la Cruz avienta al presente por la fe a las gentes apartándolas de la tierra, y destruyendo el culto de los falsos dioses, para levarlas al Cielo, y que después también las aventara por el juicio final, apartando a los buenos de los malos”. Esto mismo nos representa la Visión de San Juan, en que se deja ver Cristo en forma de mansísimo Cordero como un Sol eclipsado con las memorias de la muerte, hecho Abogado entre Dios y los hombres, para apartarlos de la tierra, y conducirlos al centro de la inmortalidad; y al mismo tiempo se ve coronado de siete armas fortísimas, porque en el último de los días vengará con ellas sus injurias, castigará la ingratitud de los hombres, apartará la paja del grano, y con fuego abrasador convertirá en cenizas cuanto fabricó en este mundo la vanidad, y soberbia de los hijos de Adán.
 
93. Pues respóndanme las almas cobardes y pusilánimes. ¿Porque Cristo mande ejecutar estos rigores a sus Ángeles, deja de ser un objeto Divino digno de nuestro amor, de nuestra atención, de nuestro respeto, y de toda buena correspondencia; cuando por otra parte nos tiene tan ganada la voluntad con tan multiplicados beneficios? ¿Dejará de ser blanco de nuestros cariños quien nos amó hasta la muerte, porque el día del Juicio le haga riguroso la perfidia, y obstinación de aquellas almas que le obligaron a atesorar iras para el día de la ira, por el abuso de su misericordia? Ya se ve que no.
 
94. Pues de esta condición son los Ministros, que más inmediatamente le asisten como compañeros de su Reino. Ellos son nuestros Abogados con Cristo delante del trono de la Trinidad. Ellos introdujeron la Fe del Crucificado en los imperios. Ellos desterraron la Idolatría del mundo. Ellos purificaron la Iglesia separando el oro de la escoria, el grano de la paja; y a los hijos de Dios de los hijos de la perdición. Ellos aterran a los demonios, y los atan en calabozos de tinieblas, para que no hagan daño a los mortales. Ellos consuelan en las aflicciones, minoran en los trabajos, persiguen a los Tiranos, y ponen a la virtud sobre sus alas. ¿Y no será dignos de nuestro amor, de nuestra memoria, de nuestra veneración, porque en los últimos tiempos, como Ministros de Cristo vengarán sus agravios, y defenderán a los justos de la horrenda persecución de los impíos, y de su Capitán General el Anticristo?. Lo cierto es que entonces la misma Madre de la piedad, con todo el ejército de los escogidos se vestirá de indignación, y conspirará a la ruina, y último exterminio de los enemigos de Dios, que con sus lenguas blasfemas escupirán veneno contra el Cielo.
 
95. Añádese por apoyo de la bondad de estos preciosísimos Espíritus, que la Escritura Santa los compara no sin misterio a las astas del Rinoceronte, y Unicornio. Y si queremos examinar la razón, es porque la hasta de este animal es durísima, muy hermosa, y remedio eficacísimo contra todo genero de ponzoña. Pues siendo de estas calidades estos siete admirables Ángeles, fortísimos en defender e pueblo Cristiano, bellísimos en sus perfecciones, y eficacísimos contra los venenos del pecado, de la muerte, y del infierno, ¿no merecerán siquiera nuestra memoria a lo menos, por hacer lisonja a Cristo (si así se puede hablar) que los quiere, y ama como a Ministros de su mayor confianza?.
 
96. Resta solamente el averiguar que amor es el que quiere Cristo que les tengamos. La norma nos dio la Versión de los setenta Interpretes, sobre el texto citado de Habacue, que dice así: “Cornua in manibus eius, & posuit dilectionem robust am fortitudinis sua”. Estos Ángeles están e las manos del Señor, y puso en ellos el fuerte amor de su fortaleza. Cristo puso en ellos un amor fortísimo, y es el que le ocasionó el morir en la Cruz por los hombres, que por ello está escrito: “Fuerte es como la muerte el amor”. Puso en ellos este amor, para que sus efectos se repartieran en gracias y favores al género humano, por sus manos, como dispensadores de los méritos de su Sangre. Y puso en ellos este amor, para que como en espejos clarísimos viesen los hombres el amor que deben a su Redentor. Con este género de amor fuerte y robusto hemos de querer a estos Ángeles, obsequiando a Cristo en ellos, haciendo que por sus manos pasen las saetas encendidas de nuestros afectos a herir el corazón de tan buen Señor.
 
97. Seguros pueden estar los amantes de estos nobilísimos Espíritus, que cuando su justa indignación haga llover las iras de Dios sobre las cabezas delincuentes de los impíos, dispondrá su incomparable benignidad, con su intercesión, que caiga sobre ellos n copioso rocío de misericordias de la gracia, en testimonio de su correspondencia. Ellos capitanearon al ejército de los Ángeles, que bajo del Cielo en defensa de Jacob, de Eliseo, y de los Macabeos, y en sus manos está el amor de Cristo, y redención de nuestros males, y pueden colocar a sus devotos sobre las cumbres de la seguridad. Por eso a aquellas palabras de Isaías en que promete Dios enviar un Ángel que sirviera a su Pueblo de Salvador y amparo, lee la Versión Ligurina: “Redentor, y Magnate, y Uatablo: Príncipe de los Ángeles”, porque un Ángel solo en persona de Cristo (que es el ángel del gran consejo) y como substituto suyo es bastante para redimirlos de muchos males. ¿Que harán los siete Príncipes enviados de Dios  por todo el mundo, como substitutos, y Vicarios suyos?