Título primero de estos Señores:
“Ojos del Señor”
67. Aunque aquel gran Padre de las lumbres es en sí todo ojos y luz que penetra hasta los senos del abismo, usa con todo eso de siete, para el gobierno universal de su providencia, y son segundos resplandores ministros del primer resplandor, según habla el Nazianceno en cuya vigilancia y cuidado asegura el sumo Gobernador del orbe una especia de descanso a su corazón, fatigado a veces de la ingratitud de los hombres. Todo lo ve Dios, cuando lo ven todo los que tienes por Ojos en sí, y por Luces del mundo. Esto sintió como ya dije, San Basilio (S. Basil. In Psal. 33 v.16.), y confirma, lo que dejó escrito el antiquísimo Filón: “Que había unas purísimas Inteligencias, que servían al Reay de la Gloria de oídos, y Ojos, con que oía y veía todas las cosas”. Veis aquí una idea grande, que puso Dios a los Príncipes de la tierra, para enseñarles, que en tant reinaría en sus Imperios el acierto y la verdad, en cuanto usaran para el gobierno de sus Provincias, de muchos ojos tan claros, y resplandecientes, como las estrellas de primera magnitud en una noche de primavera.
 
68. Es título de Ojos, que dio el Señor a sus Príncipes es el más subido y excelente de los muchos que gozan. Porque los coloca en puesto tan íntimamente inmediato a su mismo ser Divino, como si fueran parte de su Divinidad, si esta fuera capaz de dividirse. Los Antiguos significaban a Dios llamándolo (Pert. Lib. De Trinit.): “Ojos del mundo”. Y Tertuliano dijo, que era todo ojos, que todo lo ve, y registra; y en otra parte: “Que era ojos, que nunca los cerraba el sueño, por ser la misma luz, que para todo vela”. Y Diphilo explicó a Dios diciendo que era los ojos de la Justicia, que todo lo mira: “Est qui cunsta intuetur institia oculus.”.
 
69. Ni este título tan propio de Dios se escondió al ciego gentilismo, pues a su Dios Osiris pintaban los Egipcios como un hermoso lucero en un cetro, significando su imperio, y su vigilancia en el gobierno (Macrob. I. Cap. 21.). Y la estatua de Júpiter, a la cual se refugió Priamo, cogida Troya, estaba adornada con tres brillantes ojos, en que se simbolizaban tres Providencias de Dios, que cuida de las cosas del Cielo, de la tierra, y de los infiernos (Pier. Bierog. 33 cap. 15.) Mirad, o almas generosas, si son dignos de estimación estos Ángeles, a quien el mismo Dios aprecia tanto, que les comunica un título tan propio de su mismo ser.
 
70. Oímos ya ejecutoriado este gran renombre en el libro del Apocalipsis, y en la profecía de Zacarías. Alí resplandecían en los siete Ojos del Cordero estos Príncipes, como los rayos, que coronan al Sol, y servían al mundo dividido en siete edades, como otros tantos argumentos de la piedad Divina. Aquí se veían gravados sobre la piedra angular Cristo, como siete rubíes de imponderable precio, y tantas lumbreras de inextinguible claridad, por cuyo medio se introdujo la Fe, y creencia en los corazones humanos. Yo me persuado que solo por esta razón son tan dignos de nuestro amor, que solamente espíritus de pedernal podrán resistirle a una noble benevolencia a ellos, como a epílogo de las más bellas gracias: pues aun las insensibles criaturas los miran sino con amor, por incapaces; son veneración y rendimiento a la majestad de tales Ojos.
 
71. Si deseáis saber los méritos de estos grandes Espíritus para título tan sublime, los podréis colegir fácilmente, si oís con atención algunas doctas plumas. Tirino dice (Tirin. In Apoc. S.v.6.): “Son llamados Ojos, porque son perspicacísimos, y vigilantísimos para conocer, y ejecutar las señas del Divino querer; y para procurar la salvación de los hombres”. El V. y doctísimo expositor Cornelio habla con resolución en esta forma (Cornel. In Zacb.c.3.): “Digo, que estos siete Ojos significan la plena y perfecta providencia del Cristo, y la vigilancia acerca de la fabrica del templo, esto es, su Iglesia, que se había de erigir, aumentar, promover y conservar: la cual providencia ejercita por siete Ángeles primarios, que son de su palacio como Príncipes, y por eso Gobernadores de los demás Ángeles Custodios de los hombres, y de los mismos hombres, de toda la Iglesia, y mundo.”
 
72. Haye pregunta por qué los Ángeles primarios, Presidentes de la Iglesia y de todo el orbe, son llamados Ojos del Señor (Haya in Apoc.c.5.), y responde: “Porque son perspicaces para prever y dar providencia a lo que nos importa, y misericordiosos para compadecerse de nuestras miserias, pues es constante que los ojos son el asiento y tribunal de la Piedad”.
 
73. Añade el sapientísimo Ribera (Riber. In c.3 & 4, Zaabar.): “Que estos Santos Ángeles, como a quien incumbe el visitar toda la tierra, compadecidos de la ceguedad y miserias que padecen por toda ella los Judíos, pedirán a Dios su conversión y la alcanzarán con sus ruegos, y se alegrarán cuando la vean”. Hasta aquí este grave Autor. ¿Que harán por el pueblo de los cristianos a ellos encomendado, y que no harán por sus devotos, los que tan piadosos son con los Judíos?. De lo dicho se concluye que los méritos de estos Ángeles para el relevante título de “Ojos del Señor”, son la perspicacísima vigilancia en conocer y ejecutar sus mandatos; el haber cuidado del establecimiento,  aumento y conservación de la Católica Iglesia; la misericordia con sus Fieles, y en procurar continuamente la conversión de los pecadores, que es de las cosas divinas la más divina, como dijo San Dionisio.
 
74. Infierese ya de esta doctrina, que Dios no tiene estos admirables Ojos para guardarlos como joyas de inestimable valor en el tesoro de su Divinidad. Tiznemos para darlos al mundo, para que este mude de cara y de fortuna. Nunca el mundo tubo ojos para ver sino su daño, ni tuvo otra cara, que la del error, ni más hermosura, que la de la malicia. En este miserable estado vivió siglos enteros como el murciélago en medio de las tinieblas de la noche, y entonces empezó a ver su rostro, y conocer su infelicidad, cuando le empezó a amanecer la luz amena de estos siete ojos, como rayos del Sol del Divino Verbo, por cuyo ministerio se iban desvaneciendo aquellas infelices sombras, y deshaciéndose el imperio de las tinieblas, para que el mundo conociese la verdad (que es la Sabiduría encarnada) envidad del Padre de las lumbres para su remedio. Algunos antiguos dijeron, que los siete Espíritus eran los que gobernaban a los siete planetas, como presidentes de su luz e influjos. Fue este un buen pensamiento más a propósito para la alegoría que para la realidad. Quisieron decir que, por su medio, puso Dios ojos en el mundo tan hermosos y tan útiles par los mortales, como lo son los siete planetas en sus orbes.
 
75.  Pero es menester confesar, que la operación de estos siete Ojos de Dios más necesaria y de mayor realce, que la de los planetas, y de mayor honra a la humana naturaleza. Porque a la razón humana la tenían miserablemente ciega la Idolatría y el Ateismo, y con estos Ojos se separó del comercio y vida de los brutos. Estos siete hermosos Espíritus le dieron los de la Fe, que por esto la llamó San Agustín y San bernardo, llena de ojos, con los cuales comenzó el hombre a vivir en la esfera de racional. Y Ruperto dijo (Aug. Tom. 2 op. 85. Ber. Ser.2 Epih. Rupert. In Apoc. 1.v.14.): “Que por los Ojos del Cordero era significada aquella vida que es luz de los mortales; y que eran como llamas de fuego para alumbrar a todo hombre, y sacarlos de la esclavitud de las tinieblas.”.
 
76. Miremos también ahora a estos brillantes Ojos, y hallaremos que son tan felices para nosotros como risueños y agradables, y que con ellos ha mudado el mundo como de cara, de fortuna. En los primeros siglos, cuando las luces de la verdad y de la Fe vivían aun aprisionadas de la ignorancia y de la malicia de los hombres, era la Fortuna una diosa, que se movía sobre un globo con tanta velocidad como el primer moble, y con tanta inconstancia como los vientos. Cicerón dice (Cicero Reth. Nov. L.2.) que los más sabios Filósofos la tuvieron por del todo ciega y loca, y añadió que era tan contagiosa su ceguera, que se les pegaba como epidemia a sus amadores. Y Séneca el Trágico dice (Sen. Thyos. Trag. 2.) que sus dones padecían el mismo achaque, y que eran tan ciegos ellos, como ciego ella.
 
77. Ya se ve, que esta era una falsa creencia de los Gentiles, que atribuía a los casos fortuitos, no a la primera Causa, ni su providencia, sino al hado, o a una deidad grosera que repartía bienes y males al mundo sin respeto ni distinción de personas, y hacía rodase su rueda ciegamente sobre las cabezas de todos, igualando muchas veces los más humildes valles con los más soberbios montes, y sepultando las cumbres de los montes en sus mismas ruinas. A los que siguen el rumbo de esta rueda, es preciso los arrastre un oculto destino de la providencia hasta ponerlos en las puertas de la suerte y del infierno. Pero los cuerdos y generosos ánimos siguen ya otra Fortuna siempre dichosa,  siempre triunfante con los siete Ojos del Cordero, con la cual echan ancoras a la felicidad, y no temen la inconstancia de los bienes caducos de este siglo.
 
78. La rueda de esta fortuna es aquella de Ezequiel, que apareció sobre la tierra: “Apparuit rota una super terram”. Toda matizada de Ojos, y asistida de cuatro Querubines Seráficos en formas varias, que en sentir de los mejores Interpretes, eran de los siete, los cuatro espíritus primeros: San Miguel, San Gabriel, San Rafael, San Uriel, sobre cuyos hombros estriba el peso de los negocios de mayor monta de las cuatro partes del mundo, a que presiden. Si queremos colocar nuestra fortuna sobre esta rueda, ha de ser siguiendo en consejo del Espíritu Santo, que dijo “Sapientes oculi in capite eius.”. Los ojos del Sabio en tu cabeza, poniendo estos Ojos (que son de la Sabiduría eterna, y del Sabio a lo de Dios) sobre nuestra cabeza, estimándolos, respetándolos, y queriéndolos sobre nuestros mismos ojos. Así aseguramos para nuestra buena dicha lo que el Profeta Rey aseguró, y es: “Que los Ojos del Señor miran con benevolencia a los que le temen, y están sobre aquellas almas que esperan su misericordia.”.
¡Oh Ojos más bellos que los astros del Firmamento! ¡Oh Ojos puestos en la cara de Dios, como siete soles de su beneficencia! ¡oh Ojos brillantes y risueños, en quien está la copia de todas las hermosuras, y el imán de los más puros amores! Mirad benignos a vuestros siervos con esta vista, que serena los Cielos, y reparte al mundo todas las felicidades. Vivid en nuestros corazones como testigos de nuestro amor, y servid de norte y guía a los que aun navegamos en este mar de peligros, golfo de infortunios; y al último aliento de nuestra vida, haced respiremos en las luces de vuestra gloria, y que consigamos la fortuna de los hijos de Dios. Amén.