Jerarquía y Orden de los Siete Señores 
del Reino de Dios
48. Buscar orden a los siete Señores del Reino de Dios es querer examinar los rayos al Sol y a los demás planetas. La distancia y sus grandes resplandores hacen difícil el examen a nuestros ojos, bien que por ser ellos tan ilustres, como hijos de la luz de la Divinidad, no se pueden esconder del todo a las tinieblas de nuestra ignorancia, como los astros mayores del Cielo a una noche muy serena. La alteza de estas clarísimas Inteligencias los hace menos familiares a nuestra comprensión, y su luz por tan relevante sufre menos la flaqueza de nuestra vista. Esta es la condición de nuestra humana naturaleza tan baja en el concebir todo aquello que excede la vida material, en que somos semejantes a los brutos, y si no avivamos los ojos de la Fe con una pía afición, no penetraremos los secretos de las cosas, que están sobre nuestra común inteligencia. Es menester poseer un espíritu familiar a las cosas celestiales para entenderlas, y acabar de conocer los Ciudadanos de aquellas eternas habitaciones.
 
49. Aunque los siete Espíritus grandes del Palacio de Dios no se han dado tanto a conocer a los que vivimos cubiertos de tierra, y aun sepultados vivos, que podamos discernir sin dificultad su orden, y diferencia entre los demás Ángeles, con todo ello, como son de la calidad del fuego (según hablan las Escrituras) y este se oculta mal, así también no se puede del todo esconder la calidad superior de estos siete Espíritus soberanos.
 
50. A mí, desde luego, me lleva la inclinación a creer que estos insignes y privilegiados ángeles son del Coro de los Serafines, y entre éstos, los primeros. Ni me muestro tan ligeramente a persuadírmelo, que no funde este sentir, como sobre dos polos, en la Autoridad, y en la Razón: una y otra hacen patente a la creencia que estos admirables y poco conocidos Ángeles son la flor del más eminente de los Coros.
 
51. De parte de la Autoridad están Clemente Alejandrino, San Ireneo, el Beato Amador, Rivera, Salmerón, Sánchez, Galatino, Fontana, Menochio, Viegas, Escobar, Alberto y, Bonasee: que a boca llena los llaman Serafines, primeros ángeles, y los más excelentes de las tres Jerarquías. De parte de la Razón están los títulos con que los nombran y ensalzan las Divinas letras, en las cuales hallaremos a un mismo tiempo la autoridad y razón. Y por no dilatarme, apuntaré solamente algunas autoridades, y concluiré con las razones.
 
52. Ya oímos a Clemente Alejandrino, que les dio dos ilustrísimos renombres, de Príncipes de los Ángeles y Primogénitos, en que supone gozar estos siete tan relevante grado de superioridad entre los ángeles, que no sufre otra mayor. Son Príncipes de los Ángeles, porque los exceden en mando, en poder, en autoridad. Son los Primogénitos (en frase de las Escrituras, que llaman hijos de Dios a aquellas puras Inteligencias) porque entre los más excelentes hijos de Dios, que son los Serafines, ellos tienen el mayorazgo y la primera elevación. El Beato Amadeo citado puso a estos siete Ángeles en el mayor grado de Gloria, exceptuando a Jesús y a María. San Irineo, y otros Interpretes, los llaman absolutamente “los más excelentes de las celestiales escuadras”. Todos los Grandes del mundo son por su dignidad excelentes, y los de primera clase tienen la excelencia en mas eminente grado que todos. Y estos son los primeros Señores del Reino de la tierra. El Cielo también tiene sus Grandes, que viven del favor del Omnipotente con una fortuna no voluble, estos son los Serafines, pero los Grandes de primera clase, y más excelentes, son los siete que asisten al Trono del Rey de todos los siglos. Esta es la mente de San Irineo, y otros.
 
53. San Dionisio Areopagita, hablando de algunas de las supremas Inteligencias, dijo (Dionis. Lib. 4 de divin. nom.): “Que eran unas santísimas y antiquísimas Virtudes, colocadas como a las puertas de la sobresubstancial Trinidad.” Es de considerar (a nuestro modo de entender) que el Trono de la augustísima Trinidad es un Santa Santorum, donde los secretos de la providencia del Altísimo están en un abismo profundo, cubierto con nieblas de gloria. Las puertas de este misterioso lugar son los actos libres de su Santa voluntad de donde proceden las obras ad extra (según hablan los Teólogos) decretadas de Dios, para que se ejecuten. ¿Pues que santísimas, y antiquísimas Virtudes son estas, que están colocadas a las puertas de este gran Señor Trino y Uno, sino las siete soberanas Inteligencias, que inmediata y perpetuamente asisten delante de su Trono, como principales ministros de su providencia, como los más vecinos, y más excelentes de los nueve Coros, según explican los sagrados Intépretes?. Estos nobilísimos y santísimos Espíritus están a las puertas de la Trinidad, y de su gabinete, porque por sus manos sale de Dios lo que se comunica a los demás Ángeles, y también a los hombres, y entra a Dios lo que éstos le presentan y ofrecen. Ellos son los que sin medio alguno reciben la luces de Dios, y por ellos los demás Ángeles y hombres iluminados.
 
54. Que al caso viene aquí una exclamación de Sopronio, antiguo Padre de la Iglesia. Digamos con él: “O Espíritus soberanos, con mucha razón sois llamados vosotros segundas lumbres, que por una bienaventurada emanación procedéis de la primera y original luz, y sin medio alguno recibís cuanto es posible del inmenso, infinito y perfectísimo resplandor del Único y Trino principado, y después de recibido lo comunicáis a las demás almas e Inteligencias”.
 
55. Este es el común sentir de la sabia piedad de los Autores Católicos, en que anda tan liberal y elocuente la devoción de Bonafee, que apenas halla epíteto grande que no aplique a estos altísimos Príncipes. Llámalos, los siete más Validos de Dios, del supremo Coro de los Serafines, los Grandes de su Corte, y de la Llave dorada; los siete Adelantados del Cielo, y primeros en la privanza; invictísimos Héroes, y esclarecidos Capitanes del Señor de los Ejércitos; los Serafines más aventajados de dotes; la Flor de los cortesanos del Cielo, los Consejeros y Asesores (en nuestro estilo) del supremo Monarca; los siete Astros gloriosos; Antorchas bellísimas de la gloria; Lámparas ardientes cebadas siempre del amor Seráfico; Padres y Protectores de toda la Iglesia.
 
56. Ahora quisiera, o almas generosas, que atendierais a algunas razones fundadas en los títulos que les da la Escrituras, que no sólo persuade vivamente el intento de darles la honra de Serafines y Príncipes suyos, sino que arguyen de incrédulas y poco nobles a las almas que los ponen en esfera inferior a ellos.
 
57. Primera razón. Zacarías y San Juan ponen a estos vizarrísimos Espíritus singularmente en lugar de los Ojos de Dios. ¿Puede haber puesto más sublime? De los Coros angélicos, unos sirven a Dios de brazos, otros de oídos, otros de manos, otros de pies, otros de boca; pero estos siete Espíritus sirven a Dios de Ojos, que es el puesto más aventajado de todos. Por eso dijo San Gregorio Magno (S. Greg. Magno Lib. Pst. Cura. P. I. Cap. I.): “Que los ojos son los que están colocados en el rostro de la suma honra, y que su oficio es dar providencia a las cosas, que examinan con la vista.”
 
58. Segunda razón. En el libro de Tobías, y en el Apocalipsis se da especialmente a estos Ángeles el título de Asistentes al Solio de Dios. Todos los Ángeles asisten al Trono del Señor con un modo común, y es más fácil contar las arenas del mar que su innumerable magnitud. El ver a Dios es todo el punto de su felicidad, y no fuera bienaventurado sino vivieran más anegados en aquel piélago de perfecciones infinitas, que los peces de las aguas del mar. Siendo común la asistencia de todos aquellos Espíritus dichosos, no fuera singular la de estos siete, como lo es, y lo claman las Santas Escrituras en señal de su particular valimiento con Dios, y de su suprema excelencia sobre los demás Ángeles. Porque a quien se debe el primer lugar después de la silla Real, sino a los familiares ministros, y Consejeros, que asisten a su Rey, como los siete Príncipes de los Persas y Medos, a quien llamaba Artaxerxes los siete amigos.
 
59. Tercera razón. San Juan (Cap. 4 Apoc.) los llama “Lámparas encendidas”, que arden con el fuego del amor delante del solio de la luz inaccesible de Dios. Veis aquí un atributo que en la general acepción es solo de los Serafines. Y por eso San Bernardo interpreta su nombre por otro equivalente, que es (S. Bernard. Ser. 3 de Verb Isuie): “El que arde, o el que enciende” . Cada uno de ellos es un Tena, que no sabe sino echar de sí llamas de caridad e incendios de amor Divino. Ahora es menester confesar que el título de “Lámparas ardientes” es tan único de los Siete, que no lo tienen los demás Espíritus Seráficos, y siendo comunes a todos estos las propiedades del fuego, son tan particulares y eminentes las llamas de aquellos, como lo es lucir delante de Dios, sin que los deslumbre su infinita claridad.
 
60. A lo menos no habrá alma tan rígida que no confiese con el común de la Iglesia, de la Teología y de la piedad, que San Miguel, uno de los siete, sea del supremo Coro de los Serafines. De San Gabriel sintió San Gregorio que era sumo Ángel. San Rafael, él mismo dio testimonio de su grandeza contándose entre los siete que asisten al Trono de la Divinidad. ¿Pues qué razón hay para que los cuatro compañeros no sean de igual excelencia y dignidad, cuando son iguales los títulos que les dan los Profetas, y los oficios, que ejercitan por el especial privilegio de la gracia?.
 
61. Díganme, que a todos ellos los llama Ángeles la Escritura, y que ángeles son los del ínfimo Coro. Que los Serafines nunca son enviados a los negocios de la tierra en opinión del grande Areopagita. Que San Rafael se ocupó en un ministerio tan vulgar, como servir a Tobías, para el cual bastaba un Ángel de los inferiores. Y por extremo, que cuando mucho son del Coro de los Arcángeles, como lo muestra el nombre, con que le honran, y de ordinario los apellidan.
 
62. No se puede negar que hay algunos ingenios tan tenaces en su dictamen, y tan poco inclinados a la piedad y devoción, que cualquiera otra verdad fuera la definida por la Iglesia, les parece tan difícil a la creencia, y tan vestida de nublados, como la luz del Sol a los ojos de las lechuzas. Por ello, para la devoción son más idóneos los espíritus sencillos, y entendimientos dóciles, que en cosas, donde no hay peligro de errar, se dejan llevar fácilmente, como los orbes inferiores del primer moble.
 
63. No hay ingenio ni eminente, ni trivial el día de hoy, que no entienda que el nombre de Ángeles es común, y propio. Con él nombramos a todos los Coros del Cielo, como capaces de la obediencia de el Creador, que los puede enviar, y envía, a cualquier negocio de su agrado, como dice San Pablo (S. Pabl. Ad Heb. I. V. 14): “Omnes sunt administratori Spiritus in ministerium missi”. Todos los Ángeles son espíritus, que ministran, y son enviados, y esta es la significación de su nombre; y con el nombramos también a los del ínfimo Coro, porque son los que de ordinario envía Dios para el ministerio y custodia de los hombres.
 
64. De los Serafines es cierto, que las más veces no son enviados a la tierra, y por eso, según la sentencia de San Dionisio, no se cuentan en el número de los ministrantes, sino de los Asistentes. Pero eso no quita, como dice Cornelio (Coral. In. Dan. Cap. 7 v. 10), que en algunas ocasiones se valga Dios de ellos para algún fin particular de su eterna providencia. ¡Quién es capaz de penetrar los designios de Dios! ¿Quién es su Consejero?. ¿Quién puede poner coto a su querer?. ¿O por ventura falta humildad en los más altos Serafines para obedecer a su Rey en extraordinarias embajadas?. San Rafael se llamó uno de los siete, que asisten, en que compuso la grandeza de su estado con la dignación al ministerio, a que fue enviado. Aun los Reyes de la tierra se valen de sus mayores ministros para negocios de su especial agrado, aunque parezcan humildes. Y en fin es Dios tan amante de la virtud, que no repara en revolver todas las Jerarquías del Cielo por honrar a un Justo. Y a los Serafines Ponta Isaías en pie, y con alas por la disposición, con que están a la obediencia. Y los Querubines de Ezequiel son los que llevan por las cuatro partes del mundo la Gloria de Dios como en carroza de triunfo.
 
65. El llamarse Arcángeles estos siete granes Espíritus no les descantilla la gloria de Serafines. Porque el nombre de Arcángel tiene mucho de trascendental y común. Los nombres dan a los Espíritus celestes el oficio, y conforme es el empleo a qué los destina Dios así es el nombre que les acompaña. Llámanse Arcángeles estos Santos Espíritus, dice San Gregorio, y San Isidoro, cuando anuncian cosas de sumo empeño y de grandes consecuencias, y en ellos reside una general superintendencia a los otros Espíritus, que dependen de ellos como el rocío de las nubes: de dónde Arcángeles es lo mismo que Arquiángeles, o Príncipes de los Ángeles.
 
66. De todo lo cual se saca una consecuencia digna de la nobleza de nuestro ánimo, y es que estos siete Espíritus, que son Lámparas, Ojos, y perpetuos Asistentes al Torno de la Divinidad. Son Serafines en el estado; Arcángeles en el nombre; Ángeles en cuanto enviados; y en la dignidad, superiores a todos, como las estrellas de primera magnitud a los demás astros.