Sexto Título:
“Estrellas de la buena dicha”
127. La Sabiduría encarnada que quiso honrarse en el Apocalipsis con el renombre de estrella de la mañana, quiso también honrar en Job a sus siente validos Ángeles con el título de astros, que al rayar el alba alababan y engrandecían las obras del Creador: “Ubi eras, cu me laudarent astra matutina, & iubilarent omnes filij” Dei”. ¿Dónde estabas, preguntó a Job, cuando me aplaudían las estrellas de la mañana y me festejaban todos los hijos de Dios?. Esto fue comunicar el atributo de su propia excelencia a sus amigos para hacerlos, si no iguales a sí, muy parecidos como las luces de los grandes astros. Fue también dar a conocer a estos príncipes como primeros entre los demás Ángeles.
 
128. Todos los Ángeles son hijos de Dios, dice San Gregorio. Todos alaban y magnifican la Divina grandeza, pero los siete madrugaron primero como estrellas de la mañana a bendecirla con lenguas de resplandores, y así los llamó Clemente Alejandrino: Primogénitos de los ángeles. La versión Caldea en lugar  de “hijos de Dios”, puso “Acies Angelorum”, escuadrones de Ángeles. ¿Y de estos siete Astros no hace memoria?. Lo pone en Coro aparte como hijos mayores, y Capitanes generales de estos escuadrones.
 
129. Oigamos ya la razón de intitularse estos Ángeles estrellas de la mañana. La dio San Gregorio (S. Greg. Lib. 28. Moral. Cap. 7), y es: “Porque los envía Dios al mundo para despertar a los hombres del letargo en que viven, y para espantar las tinieblas que les impiden el ver los riesgos de su vida, y exhortarles a prevenir la cuenta en que han de dar de ella al supremo Juez”. Y endulzarles el paso con la esperanza de ver a Dios en la patria de los vivientes.
 
130. Esta gran sentencia nos da la mano para advertir a los mortales la gran pena y tristeza que reciben los Espíritus Soberanos cuando ven a algunas almas tan asidas a la tierra, que aun cuando están bien dispuestas para partir de ella al descanso de la gloria, no la quieren dejar. Y así cuenta San Cipriano que, estando un buen Obispo a los últimos de la enfermedad en que murió, se afligió y desconsoló tanto con la cercanía de su tránsito que pidió a nuestro Señor con grande ahínco que le dilatase más la vida. Apareciósele un Ángel en forma de un gallardo, y resplandeciente mancebo, y con voz grave y severa le dijo: “Pati timetis, exire non unltis, quid facial vobis?” Por una parte teméis padecer en esta vida, por otra teméis salir de ella, ¿qué queréis que os haga?. Dándole a entender que no agradaba a Dios aquella repugnancia de salir de este mundo. Y advierte San Cipriano que estas palabras se las dijo el Ángel para que las publicase y manifestase a otros, pues para su enmienda no podía servir, porque luego murió.
 
131. Este mismo título de Estrellas en los siete Angélicos Príncipes confirman diferentes lugares de las Revelaciones de San Juan. En el capítulo primero pinta a la Majestad de Cristo con insignias de rigor, que se lee en la indignación de sus ojos, que oran de llamas de fuego penetrante; y en los aceros de su espada, que era de dos filos, y salía de su boca, como un rayo de su justicia para castigo de la impiedad. Entre estos rigores, por o olvidar al clemencia del Redentor, llevaba en su mano derecha, por timbre del poder de su misericordia, siete estrellas o astros gloriosos que daban singular esmalte y gracia a las obras de su piedad. En el capítulo segundo, escribiendo al Obispo de Efeso, repite este mismo blasón diciendo: “Esto dice el que tiene siete Estrellas en su diestra”.. En el siguiente capítulo, escribiendo al Obispo de Sardis, muestra Cristo la alteza de su amable Majestad y poder, y pone por exordio de la carta estas palabras: “Esto dice el que tiene en su mano los siete Espíritus de Dios, y siete Estrellas”. Van siempre con los siete Espíritus siete estrellas, símbolo de todas las felicidades.
 
132. De estas siete Estrellas hablan en sentido mítico variamente los Expositores. Pero Orígenes, San Hilario, San Gregorio Nazianceno, Maldonado, y otros entienden por ellas siete Ángeles o Espíritus celestiales, siguiendo la interpretación de San Juan: “Septem stella”, dice, “Angeli sunt septem Ecclesiarum”. Que estos sean los siete Príncipes Protectores y Custodios de la Iglesia Católica es lo más verosímil. Y es la razón, porque los mismos que llama aquí San Juan siete Estrellas, son los que llaman siete Lámparas que arden delante del Trono, y siete Ojos del Cordero, y en ambos símbolos aludió a la Profecía de Zacarías, donde tienen los mismos títulos, y ambos Profetas declara que son los siete Espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Todos estos renombres: Estrellas, Antorchas, y Ojos, miran al mismo objeto, como bien notó Alapide, porque las estrellas son como antorchas o lámparas, y ojos del Cielo: “Sicut ergo Angeli ibidem stellis, ita hic lucernas quali oculis comparantur”.
 
133. Ahora preguntaréis, ¿por qué Cristo llevaba estas brillantes Estrellas más en la mano derecha que en la izquierda?. Fue este un Sacramento (Sacramentum septem stellarum) de su amor y benevolencia, y una cifra en que se hacía patente su inclinación a hacer bien al mundo por medio de estos siete Ángeles nobilísimos. Tener buena estrella es tener en su mano la felicidad, y tenerla en la mano derecha es hacer pura la dicha sin mezcla de los comunes infortunios, que sirven de contrapeso a las humanas prosperidades. Todos quieren que nazca sobre su polo la estrella de la buena fortuna sin azar, y sin mezcla de los desdenes del mundo, como nacen los astros sobre un horizonte despejado en tiempo de primavera. Pero esto es querer que el mundo, tan acostumbrado a la inconstancia, haga milagros produciendo fortunas de diamante, y dichas parecidas al pedernal, cuando todos los que viven en el están expuestos a sus vaivenes. Y así dijo Tertuliano: “Que la luz resplandece cada día resucitada como de un sepulcro, que las tinieblas con igual mudanza disipadas, vuelven y que las estrellas difuntas viven después de los horrores de su muerte”. En que nos dijo este profundo Padre que la constancia de las dichas y fortunas de los hombres en la tierra se mide por la duración de las luces, con que ella se alumbra desde el Cielo.
 
134. Ya yo veo, que en este mundo no puede vivir de asiento la dicha, y aun los Cielos inferiores están predicando esta inconstancia en sus continuos movimientos. Y por eso es menester buscar la buena fortuna en el Cielo superior, que carezca de movimiento, y tenga sus polos en el centro de la eternidad. Este es el cielo Empíreo, al cual describió San Juan en forma cuadrada, para alejarlo de toda mudanza, y fijar en su figura la imagen de la perpetuidad, y el jeroglífico de la duración. En este grande cielo vive de asiento la dicha en el mismo Trono de Dios, y allí es preciso buscarla en la mano derecha de Cristo los que vivimos en este destierro. En aquella mano hecha a favor y a la liberalidad están las siete Estrellas de la buena fortuna, siempre firmes en el crédito de su Omnipotencia, y siempre de bronce contra la mudanza de los siglos. Y es mucho de notar, dice el Águila de la Iglesia Agustino: “Que por más desórdenes que padezca el mundo debajo del Cielo de la Luna, por más que guerreen entre sí los elementos, y por más que los hombres rueden sobre este globo con la diversidad de sus suertes, nunca estas Estrellas se desvían un punto de su curso, siempre guardan el mismo rumbo y orden en su carrera.”
 
135. Veis aquí, oh almas generosas, un poderoso argumento para persuadirnos que los bienes que reparten a la naturaleza estos siete Espíritus excelentes, llevan consigo la estabilidad y permanencia como un atributo de la eternidad, y que para vivir el hombre a toda suerte feliz en medio de este mar de inconstancias del mundo, el mejor medio es buscar en estas Estrellas la felicidad, y agotar de sus rayos benignos todas las fortunas. Para conseguir la mayor, los Reyes de Oriente los guió al Portan donde Dios humanó la grandeza de su ser, antes inaccesible, a una estrella insigne que, en sentir de Teosilato, no era verdadera estrella sino un Ángel en traje de estrella; y está, en opinión común, uno de los siete que vio San Juan en la mano derecha del Señor, porque en ellos están las dichas tan firmes y seguras, como en las manos de Dios.
 
136. Resta también examinar, antes de concluir este discurso, ¿porque en el capítulo tercero hizo memoria San Juan de las siete Estrellas como distintas de los siete Espíritus en las palabras citadas: “Esto dice el que tiene en su mano a los siete Espíritus de Dios, y a las siete Estrellas”, dando a entender significan diversos personajes, y que las siete Estrellas eran otra cosa de los siete Espíritus Presidentes del mundo?. Para dar salida a este reparo, es menester notar que algunos Autores antiguos quisieron decir, que estos insignes Ángeles presidían a los siete planetas, a sus cursos e influencias en las cosas sublunares. Creíble es, que tienen una superintendencia universal, dirigiendo a otros Espíritus inferiores a quienes el gobierno inmediato de estos astros está encomendado por la divina Providencia. Pero lo cierto es que ellos presiden a aquellas personas que hacen en el mundo oficio de planetas, y estrellas grandes, como son los Monarcas, los Príncipes, los Señores, y singularmente a los Prelados de las Iglesias, a quien simbolizan también aquellas siete estrellas, como se ve claramente de los primeros capítulos del Apocalipsis. Y el juntar y unir San Juan en el capítulo tercero los siete Espíritus con las siete Estrellas, como sujetos distintos, fue dar a entender en esta unión, que en tanto lucieran afortunadamente en este mundo las siete Estrellas, esto es, los Príncipes, los Señores, los Prelados, en cuanto anduvieron en compañía de los siete Espíritus, y los unieron en su pecho con muy nobles afectos.
 
137. En esta suposición, es menester confesar que de nuestra diligencia depende el vivir en este mundo con la fortuna de cuidados de la gloria, y que en agradar a los siete amigos del Señor del Cielo consiste en hallar, no una estrella sola de una vida que rebose felicidades, sino siete. Entre los hombres que aspiran en este mundo a una fortuna del todo ciega, los Príncipes del él son los astros cuyas luces solicitan su ambición para asegurar la humana felicidad. Pero las almas nobles, que solo se gozan en una fortuna toda llena de ojos, procuran que nazcan sobre sus cabezas las siete Estrellas de la mano derecha del Señor, con que hacen fija en este valle de miserias una hermosa bienaventuranza, que no produce sino júbilos de gloria. Según el estilo del siglo no se juzga verdadera la dicha sino la fomentan los amigos poderosos, y por eso dijo Casiodoro: “Que sin amigos todo pensamiento sería tedio, toda obra fatiga, toda tierra destierro, y la vida no solo tormento, sino una imagen de la muerte”. Yo me atrevo a añadir a la solidez de esta sentencia, que sin los siete amigos del Cielo, todo pensamiento es fatal, toda obra infortunio, toda tierra población de espinas, toda vida desesperación; y sin su compañía, el vivir, una muerte con una alma inmortal.
 
138. Por eso las mejores almas que viven en la región de la luz, dan desde luego lugar al desengaño, y pretenden gozar, con nuevo arbitrio, en un valle rico de calamidades y opulento de abrojos, una vida alfombrada de dichas y de flores, haciendo verdadera la ficción de Luciano de la isla Fortunada, y cierta la habitación de esta isla feliz, a cuyos amenos jardines sirven de riego los dos ríos de la paz y del gozo. El modo de conseguirlo se cifra en el célebre proloquio de los Griegos, que dice: “Un Dios, y muchos amigos”, y es decir que un alma cuerda y advertida debe poner su mira y afición en un Dios, y en muchos amigos. Este es un Jesús, imán de los corazones, con las siete Estrellas de su mano derecha, que están continuamente anunciando prosperidad y buena dicha. Busquémolos con un corazón sincero y amoroso, seguros de que harán resplandecer en nuestros corazones sus luces favorables. Yo no pido más diligencia en granjear sus voluntades, que la que ponen los hombres del siglo en solicitar agrados a los Príncipes y Señores de la tierra, de quien dependen. Pienso, que trasladando este ciego afán a aquella región de luz, hallaremos en los siete amigos de Dios, dos felicidades grandes difíciles en la unión, la una para el tiempo, la otra para la eternidad. Ellos están tan dispuestos a favorecernos como aquellas Estrellas, de quien dijo el Profeta Baruch: “Que dieron su resplandor en sus custodias, y se alegraron; fueron llamadas, y dijeron: aquí nos tenéis”.