Título cuarto y quinto
“Asistentes al Trono y Columnas del Templo de la Sabiduría”
114. El título de Asistentes, aunque se infiere de sus Revelaciones, se saca formalmente de las palabras con que San Rafael se manifestó a Tobías diciendo (Tob. Cap. 12): “Yo soy Rafael, uno de los siete, que asistimos delante del Señor”. Y según la versión de San Cipriano (S. Cipriano. Lib. De orat. Dom.): “Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles justos, que asistimos y conversamos delante de la claridad de Dios”. Millares de millares de ángeles asisten a Dios, y a su Trono, como un modo común y general, pero los siete asisten con el privilegio de participar con más inmediación de la fuente de la divina luz. Todas las estrellas y planetas sacan del Sol sus resplandores,  la virtud de sus influjos, según la Astrología, pero las estrellas de primera magnitud participan más luz de su fuente, y menos las otras; y a los planetas da particular virtud de influir sobre la tierra, que no es común a otros astros. De donde explicando la palabra “astamus” de que usó San Rafael, nuestro Alapide, citando al Cardenal Toledo, dice “Astare ante Deum non tantum significat esse in coelis, quod commune est ómnibus Angelis, sed iudicat in ministerio quandam principalitatem, ait Toletus”. Asistir delante de Dios con la propiedad que se había de los siete Arcángeles, no solo significa estar en el Cielo, lo cual es común a todos los Ángeles, sino que indica una especial principalidad en el ministerio, como dice Toledo interpretando el Evangelio de San Lucas.
 
115. Esto mismo se confirma con la autoridad de San Cipriano y San Gregorio  Nazianceno, los cuales glosando las palabras de San Rafael, dicen: “Mostró en ellas, que era uno de los supremos Espíritus, y de aquellos que por la dignidad y singular prerrogativa contemplan más próximamente a Dios inmortal.” Esta virtud los hace como Príncipes de la sangre, dándoles muy estrecho parentesco con la Divinidad. Porque aunque de la naturaleza Angélica dijo el mismo Nazianceno, que tenía con la Divina, una especie de cognación: “Sibi ipsi cognatam, & prepinquam naturam”; siendo la de los siete Príncipes la más vecina a Dios, por consiguiente les corresponde el ser (a nuestro modo) los Príncipes de la sangre; como en el Reino de la tierra lo son aquellos, que tienen más cercano parentesco con los Reyes.
 
116. Y para que se vea que esta gran cercanía y privanza con Dios no la tienen ociosa estos Seráficos Príncipes en orden a favorecer a los hombres, atiéndase con respeto a lo que hacen, según la visión de Isaías al capítulo sexto: Están parados, y vuelan como la llama del fuego a que se compara su ardimiento en las Divinas letras; tienen seis alas con disposición admirable, con las dos alas primeras cubren el rostro de Dios, noble acatamiento a aquella incomprensible Majestad. Con las dos alas últimas cubren los pies, en señal del conocimiento de su propia indignidad. Con las dos alas de en medio vuelan, pero de suerte que al batirlas y extenderlas, descubren todo el pecho y corazón de Dios, como un mar sereno de cristal y fuego en que se trasluce un amor inmenso a la humana naturaleza (Apoc. 15. V.4).
 
117. A estos oficios pasan continuamente con Dios atendiendo al bien universal de nuestro linaje, estos siete Serafines tan olvidados de la humana ingratitud. Descubren el corazón a Dios para obligarle a que, atendiendo a su infinita bondad, mire con amor a los mortales, y juzgue sus causas en el tribunal de su piadosísimo corazón. Esto debió de obligar a Sopronio a decir que los Ángeles se portaban como ministros solamente de la clemencia de Dios: “Tanquam solius clementes Dei ministri”. En que con singularidad tocó el empleo de estos siete Protectores del mundo, que como alados Serafines vuelan en beneficio de los hombres; y como fuego echan de sí llamas de caridad para introducir en el templo de la misericordia aun a aquellas almas que su rebeldía a Dios las puso en las manos de su Justicia.
 
118. Ni se contentan con estos oficios, sino que en testimonio de su imponderable bondad y natural inclinación a nuestra naturaleza, presentan a Dios, como en fuentes de oro purísimo, nuestras plegarias, nuestras oraciones y virtudes, y oran e interceden por nosotros. Esto significó San Rafael cuando dijo a Tobías, según la Versión Griega: “Yo soy Rafael, uno de los siete Ángeles, que ofrecen a Dios las suplicas de los Santos”. Cuando éstos ruegan a Dios por sus devotos, sus oraciones pasan por las manos de estos Ángeles. Por lo cual fue mostrado a San Juan un famoso Ángel que estaba en pie delante del altar con un incensario de oro, y le dieron muchos inciensos, para que ofreciese de las oraciones de todos los Santos sobre el altar de oro, que está delante del Trono, y dice el sagrado texto: Que subió el humo de las oraciones de los Santos por mano del Ángel delante de Dios: “Et ascendit fumus de orationibus Sanctorum de manu Angeli coram Deo”. San Miguel es el Ángel del incensario como sumo Sacerdote del Cielo, y vicario de Cristo, y los seis Ángeles Asistentes los que ministran los muchos inciensos de las oraciones de los Santos.
 
119. Pero me diréis, si por las manos de estos gloriosísimos Espíritus pasan las oraciones de los Santos, ¿que confianza queda a los pecadores para implorar su patrocinio?. Respondo que también ofrecen a Dios las oraciones de los pecadores, cuando van vestidas de penitencia, y las adornan y ponen alas de pureza, para que lleguen a Dios, y con este atractivo sean en su tribunal atendidas y bien despachadas. Y así dijo San Juan Clímaco: “No tiene confianza nuestra oración, ni alas de pureza para llegar a Dios, sino pasa por las manos de los Ángeles que se la presentan”. Ni para en esto su indecible caridad y dignación, sino que ellos mismos, por el grande amor que tienen al género humano, oran e interceden por los pecadores. Así nos lo asegura la razón y autoridad del antiguo Padre de la Iglesia, Anastasio Sinaita, por estas palabras (Anast. Sin. Lib.I Exbamer.): “Las supremas Potestades mucho, y con gran conato, aman y protegen al género humano, y oran e interceden por el; porque por nosotros son hechos dignos de ver lo que por sí no pudieron”. Esto es, aman extrañamente al hombre porque gozan por su respeto del gran favor de ver y honrar a Dios hecho hombre, y de todas las otras gracias y mercedes que ahí se les siguen, y es la razón que notó bien el Sinaíta. Y vean los hombres si la tienen de no honrar y querer mucho a estos Ángeles.
 
120. Síguele el quinto título de estos estimabilísimos Príncipes, y es el de Columnas de la Sabiduría. El Espíritu Santo gravó este título como en mármoles preciosos en el templo de la eterna sabiduría. Dice de esta que edificio una casa (es la del reino eterno, en que está la verdadera religión) y que esta estribaba en siete columnas de hermosa arquitectura: “Sapientia edificavit sibi demum excidit columnas septem”. Si examinamos la materia de estas columnas, es la de la admiración de todos los siglos; si la forma es incomprensible a nuestra pequeñez, diola el esmero del poder y sabiduría de Dios para colocar en ellas siete maravillas del Cielo, y siete prodigios de su gracia.
 
121. Nuestro doctísimo Salazar, citando al Imperfecto, dice: “Sptem columnas totidem Spiritus interpreta, quipus Ecclesia Dei tutela a Deu Optimo Maximo commisam esse dicit: quórum toties meminis loannes in suo Apocalisi”. Las siete columnas de la casa de la Sabiduría interpreta este grava Autor siete Espíritus a los cuales encomendó Dios Optimo Máximo la tutela de su Iglesia, de los cuales hace tantas veces mención San Juan en su Apocalipsis. En estas columnas estriba aquel gran peso sin cuidado, aquel gran cuidado sin solicitud, aquella gran solicitud sin turbación del gobierno de Dios, que así sustenta en ellas los decretos de su santa providencia, como quien descansa en Tronos de Querubines.
 
122. En Job se leen estas mismas columnas (Job cap. 26, v.11), y se dice de ellas que tiemblan de espanto y pavor a una seña del enojo de Dios: “Comuna Cali contremiscunt, & pavent ad nutum eius”. Cuando una madre amante de su hijo ve airado al padre contra él, y que desenvaina la espada para herirle, se estremece la madre, y le tiemblan las carnes, no porque tema el golpe de la espada hallándose inocente, sino porque el amor del hijo la hiere el corazón. De esta condición son las siete Columnas del Cielo. Ven a Dios airado contra la ingratitud de los mortales y tiemblan, no porque teman en sí el rayo de la Justicia Divina, pues son santos y justos, sino porque les lastima el golpe que amenaza a los hombres, a quienes aman, y con este ejemplo enseñan a temer la indignación del Supremo Juez.
 
123. Es menester confesar, según lo dicho, que este excelente título de los siete Espíritus supremos encierra en sí dos propiedades inseparables, que grandemente lo hermosean y califican. La una  es la fortaleza; la otra, el amor, y ambas miran al hombre como a blanco de los cuidados de estos humanísimos Señores. La fortaleza consiste en darla al pueblo Cristiano contra los tres enemigos más perniciosos que batallan contra el desde su cuna y fundación. Estos son el mundo, el demonio, y la carne. Contra el mundo, que es todo ciego y engañoso, dan ojos de estrellas con que vean sus mentiras y artificios. Contra el demonio, que es tinieblas, dan tanta copia de luz en sus inspiraciones cuantos son los rayos que descienden de la lumbre de sus soles. Contra la carne, que es flaca y débil, dan virtud y fortaleza superior, porque ellos sustentan el templo de la razón como el de la sabiduría. Por eso dijo San Hilario: “Que Dios no necesita de estas columnas para sí, sino para sustentar nuestra flaqueza, sin las cuales se convertirá en miserables ruinas todo el edificio del Cristianismo”.
 
124. A los Héroes del siglo, cuya fama vuela sobre las plumas de los vientos, llaman los anales del mundo, Columnas de las monarquías, sobre cuyos hombros y valor se mantienen sus provincias y ciudades contra e orgullo de sus contrarios. A los grandes Santos, como los Agustinos, los Basilios, los Jerónimos, los Atanasios, los Gregorios, nombran los Anales de la iglesia, Columnas de la Fe, porque sobre su santidad y sabiduría se sustenta la religión, como el Cielo sobre los hombros de los Atlantes. Con más razón llaman los Anales de Dios a los primarios Ángeles, Columnas de la casa de su Sabiduría, por la fortaleza y providencia con que gobiernan es mundo como Tenientes de Dios, y patrocinan la Fe del Cristianismo contra las puertas del infierno. Ellos trastornaron las Monarquías para introducir en la tierra el culto del verdadero Dios, y pusieron sobre el Capitolio las Banderas del Crucificado. Ellos fortalecieron a los Mártires contra los tiranos sus perseguidores. Ellos asistieron a los Confesores en sus peleas hasta conquistar el reino de la virtud, y subir a una heroica Santidad. Ellos plantaron en el jardín de la Iglesia las azucenas cándidas de la Virginidad, e hicieron florecer ésta en medio de las llamas, y entre los horrores del acero, catastas y ruedas de navajas. Ellos aseguraron a San Sebastián el triunfo y la corona de su martirio; y coronaron la paciencia de Jacob, ciñendo sus sienes con el laurel de la constancia después de la batalla de sus trabajos; y últimamente hacen juntas en su gran consistorio, y confieren medios para bien universal de la humana naturaleza, mientras los príncipes de las tinieblas consultan entre sí sobre su total exterminio y desolación. ¿Quién no admira la fortaleza de estas siete bellísimas Columnas, a cuya presencia tiemblan las potestades del abismo?.
 
125. La otra propiedad de estas Columnas es el amor. No quisiera repetir la disonancia que hace a la razón el rudo  olvido en que viven los hombres, del amor, que deben a estos siete gloriosísimos Espíritus, quienes los miran con cariño tan de Padres amorosos, que todos se hacen ojos en mirar, y todos se hacen linces en solicitar su bien prosperidad como Protectores y Custodios de la humana naturaleza. Ellos sirven al hombre de luz, de fuego, de sombra, de refugio. Si se repara bien en aquella comuna de que hace memoria el Éxodo, y sirvió a los Israelitas de guía en su larga peregrinación, hallaremos que fue un insigne símbolo del amor y protección Divina a su pueblo ingrato. Era de nube densa, vestida, como habla Philon, de tela de oro de los rayos del Sol, y de cuyos ardores defendía al pueblo de día; y por otra parte era de fuego benigno, que sin quemar resplandecía por la noche como un medio día. En esta columna habitaba Dios, como en un Solio de gloria y magnificencia, y desde allí gobernaba su pueblo, le amparaba, le daba oráculos, y aun le llevaba en palmas, como habla Oseas en la versión Hebrea: “Deduxi, ambulare feci”.
 
126. Todos estos oficios que hizo Dios con su Pueblo por medio de uno de los siete Arcángeles) desde aquella memorable columna de nube y fuego, hace por medio de todos, siete por todo el mundo. Su pueblo son las naciones todas, los reinos, las regiones, las provincias, las ciudades, cuyo gobierno y amparo les encomendó desde el principio de los siglos el gran Padre de la naturaleza, como a substitutos y vicarios de su Divina Providencia. Ellos son de la calidad del fuego de los Serafines, que no saben sino encender fuego en los corazones, aunque sean de hielo. Son nube, con cuya apacible sombra se defienden de los ardores de la justicia los que por sus delitos merecían arder en sus incendios. En ellos haya nuestra ignorancia oráculos y avisos capaces de despertar a los espíritus más soñolientos. En ellos reina un cuidado tan tierno y afectivo de nuestra salud, que parece al cariño con que las madres atienden a sus pequeños hijos; en cuya conformidad dijo San Jerónimo “Que eran Columnas de amor y caridad, porque todo su estudio y conato lo ponen en procurar la salud de las almas que aman con piadoso afecto.”
 
127. Oh, excelentísimos Espíritus, que sois las Columnas de la eterna Sabiduría, cuyo valor excede incomparablemente a los más preciosos mármoles, a los más ricos metales, y a la más costosa pedrería. Pues sois de fuego y nube para guiar con piadoso y seguro curso a los que andamos en el desierto de este mundo. Miradnos con ojos amorosos y enviadnos vuestra luz y vuestra sombra, para que vivamos en la región de la verdad, libres de los riesgos de la vida. Sed firmamento de nuestra flaqueza, apoyo en nuestra inconstancia, y arrimo de nuestra pusilanimidad, para que con vuestro favor y patrocinio seamos siempre del campo de la virtud, a cuya perseverancia esta prometido el premio de la gloria. Amén.
 
 
 
 
 
ORACION
 
 
Excelentísimas Columnas de Dios:
 
Contra el mundo, que es todo ciego y engañoso, dadnos ojos de estrellas con que veamos sus mentiras y artificios.
 
Contra el demonio, que es tinieblas, dadnos tanta copia de luz en sus inspiraciones cuantos son los rayos que descienden de la lumbre de sus soles.
 
Contra la carne, que es flaca y débil, dadnos virtud y fortaleza superior, porque ellos sustentan el templo de la razón como el de la sabiduría.
 
Oh, excelentísimos Espíritus, que sois las Columnas de la eterna Sabiduría, cuyo valor excede incomparablemente a los más preciosos mármoles, a los más ricos metales, y a la más costosa pedrería. Pues sois de fuego y nube para guiar con piadoso y seguro curso a los que andamos en el desierto de este mundo. Miradnos con ojos amorosos y enviadnos vuestra luz y vuestra sombra, para que vivamos en la región de la verdad, libres de los riesgos de la vida. Sed firmamento de nuestra flaqueza, apoyo en nuestra inconstancia, y arrimo de nuestra pusilanimidad, para que con vuestro favor y patrocinio seamos siempre del campo de la virtud, a cuya perseverancia esta prometido el premio de la gloria. Amén.